Después de Kagemusha, Kurosawa se sentía en plena forma, así que, a sus casi 75 años, se embarcó en la que iba a ser la película más ambiciosa de su larga carrera. No iba a ser fácil. A los problemas económicos y logísticos de todo tipo iba a sumarse la muerte de gente muy importante de su esfera profesional y familiar (viejos colaboradores como Ryo Kuze, coreógrafo de las escenas de lucha con espadas, o Fumio Yanoguchi, técnico de sonido, pero también, y aún peor, Yoko, su mujer). Kurosawa se aferró al proyecto para no perder la cordura y consiguió finalizar la que para muchos es su obra cumbre. A pesar de su tono testamentario, de un claro carácter autobiográfico, Kurosawa todavía conseguiría filmar tres largometrajes más. Siguiendo la estela de Kagemusha en la producción y la ambientación, y la de Trono de sangre en la temática (también una adaptación de Shakespeare), Ran es una fiesta irrepetible para los ojos y una inolvidable tragedia de alcance universal.


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